Cuentos completos

Cuentos completos
Rubén Darío
Editorial Hispamer
Managua, 2007
pp. 421


El texto reúne la totalidad de los 86 cuentos escritos por Darío. El primero se publicó en la revista El ensayo, (León, Nicaragua, 6 de abril de 1881) y el último en La Nación (Buenos Aires, 10 de junio de 1914). A lo largo de estos 33 años, que van entre el primero al último, dio a conocer sus cuentos en periódicos y revistas de: Nicaragua, Chile, El Salvador, Guatemala, Costa Rica, Cuba, Argentina, España y Francia. Los cuentos se reeditaban con sólo meses de distancia en estos mismos países, pero también en México, Colombia y Uruguay.

La edición y la compilación es de Ernesto Mejía Sánchez, y las notas adicionales de Julio Valle Castillo. El prólogo es de Edgardo Buitrago. Son cincuenta páginas que ofrecen un análisis del desarrollo de la obra de Darío que divide en tres grande etapas. En todas hace un cuidadoso recuento de la evolución estilística de Dario y su aportación a la lengua castellana.

Los temas y su tratamiento, las valoraciones de las situaciones y los personajes expresan las ideas, los gustos y la visión del mundo que corresponde a una época muy definida que es la del último cuarto del siglo XIX y los primeros años del siglo XX. Darío revela su gran religiosidad y también su enorme cultura general y en particular literaria. Lo que me resultó siempre atractivo fue el estilo. Es un español formidable que no sólo es elegante, lleno de palabras poco comunes y giros del idioma sino que también tiene un hermoso ritmo y musicalidad.

Rubén Darío (1886-1916)

El primero de los hijos de Manuel García y Rosa Sarmiento, primos segundos, que se casaron en 1866. Manuel tomaba y frecuentaba a las prostitutas y esto hizo que Rosa, ya embarazada, decidiera abandonarlo, para refugiarse en Metapa, en la que nació Félix Rubén. El matrimonio ser reconcilió y llegaron a tener otra hija, Cándida Rosa, quien murió a los pocos días. La relación terminó por fracasar y Rosa se fue a vivir con su hijo a León en casa de su tía, Bernarda Sarmiento, casada con el coronel Félix Ramírez Madregil. Rosa conoció poco después a otro hombre, y estableció con él su residencia en San Marcos de Colón, en el departamento de Choluteca, en Honduras. (En la fe de bautismo el primer apellido de Rubén es García, pero la familia paterna era conocida por el apellido Darío que se derivó del nombre del tatarabuelo. La gente del pueblo les decía “los Darío” y así desapareció el García que fue sustituido por el Darío, como lo explica el poeta).

La niñez de Rubén transcurrió en la ciudad de León, criado por sus tíos abuelos Félix y Bernarda, a quienes en su infancia consideró como sus padres. En la escuela firmaba como Félix Rubén Ramírez. Apenas tuvo contacto con su madre, que residía en Honduras, y con su padre, a quien llamaba “tío Manuel”. A la muerte del coronel Félix Ramírez, en 1871, la familia pasó apuros económicos, e incluso se pensó en colocar al joven Rubén como aprendiz de sastre. Él asistió a varias escuelas de León antes de pasar, en los años 1879 y 1880, a educarse con los jesuitas.

Lector precoz (según su propio testimonio aprendió a leer a los tres años ), pronto empezó también a escribir versos: se conserva un soneto escrito en 1879, y publicó por primera vez en un periódico a los trece años: se trata de la elegía Una lágrima, que apareció en el diario El Termómetro, de la ciudad de Rivas, el 26 de julio de 1880. Poco después colaboró también en El Ensayo, revista literaria de León, y alcanzó fama como “poeta niño”. En estos primeros versos sus influencias eran poetas españoles de la época: Zorrilla, Campoamor, Núñez de Arce y Ventura de la Vega. Más adelante se interesó mucho por la obra de Víctor Hugo, que tendría una influencia determinante en su labor poética. En esta época sus obras dan cuenta de un pensamiento liberal, hostil a la excesiva influencia de la Iglesia católica. En política su influencia más destacada es la del ecuatoriano Juan Montalvo, a quien imitó en sus primeros artículos periodísticos. A los 14 años proyectó publicar un primer libro, Poesías y artículos en prosa, que no vería la luz hasta el cincuentenario de su muerte. Poseía una superdotada memoria, gozaba de una creatividad y retentiva genial, y era invitado con frecuencia a recitar poesía en reuniones sociales y actos públicos.

En diciembre de 1880 se trasladó a Managua porque algunos políticos liberales tenían la idea de que, dadas sus dotes poéticas, debería educarse en Europa con una beca del gobierno. El tono anticlerical de sus versos provocó el rechazo del presidente del Congreso, el conservador Pedro Joaquín Chamorro y Alfaro, y se resolvió que estudiaría en Granada, pero él prefirió quedarse en Managua, donde continuó su actividad periodística, colaborando con los diarios El Ferrocarril y El Porvenir de Nicaragua. En la capital se enamoró de una muchacha de once años, Rosario Emelina Murillo, con la que proyectó casarse. Poco después, en agosto de 1882, se embarcaba en el puerto de Corinto, hacia El Salvador.

A) En El Salvador

Ya en San Salvador, Rubén fue presentado por el poeta Joaquín Méndez al presidente de la república, Rafael Zaldívar, quien lo acogió bajo su protección. Conoció al poeta salvadoreño Francisco Gavidia, gran conocedor de la poesía francesa. Bajo sus auspicios, Rubén intentó por primera vez adaptar el verso alejandrino francés a la métrica castellana. El uso del verso alejandrino se convertiría después en un rasgo distintivo no sólo de la obra de Darío, sino de toda la poesía modernista. En El Salvador fue reconocido y llevó una intensa vida social, participando en festejos como la conmemoración del centenario de Bolívar, que abrió con la recitación de un poema suyo, pero, de todos modos, pasó penalidades económicas y enfermó de viruela, por lo cual en octubre de 1883, todavía convaleciente, regresó a Nicaragua.

Tras su regreso, residió brevemente en León y después en Granada, pero finalmente se trasladó de nuevo a Managua, donde encontró trabajo en la Biblioteca Nacional, y reanudó su relación con Rosario Murillo. En mayo de 1884 fue condenado por vagancia a la pena de ocho días de obra pública, aunque logró eludir el cumplimiento de la condena. Por entonces continuaba experimentando con nuevas formas poéticas, e incluso llegó a tener un libro listo para su impresión, que iba a titularse Epístolas y poemas. Este segundo libro tampoco llegó a publicarse: habría de esperar hasta 1888, en que apareció por fin con el título de Primeras notas. Probó suerte también con el teatro, y llegó a estrenar una obra, titulada Cada oveja…, que tuvo cierto éxito, pero que está perdida. Aconsejado por algunos amigos, optó por embarcarse para Chile, hacia donde partió el 5 de junio de 1886.

B) En Chile

Desembarcó en Valparaíso el 23 de junio de 1886. En Chile recibió la protección de Eduardo Poirier y del poeta Eduardo de la Barra. Junto con Poirier escribió una novela de tipo sentimental, titulada Emelina, con el objeto de participar en un concurso literario que no ganaron. Por relaciones de Poirier, Rubén encontró trabajo en el diario La Época, de Santiago desde julio de 1886.

Rubén, en su etapa chilena, vivió en condiciones muy precarias, y soportó humillaciones de la aristocracia que lo despreciaba por su escaso refinamiento y el color de su piel. Ahí, con todo, llegó a hacer amistad con el hijo del entonces presidente de la República, el poeta Pedro Balmaceda Toro. Gracias a su apoyo y al de otro amigo, Manuel Rodríguez Mendoza, a quien el libro está dedicado, logró Rubén publicar su primer libro de poemas, Abrojos, que apareció en marzo de 1887. Entre febrero y septiembre de 1887, Darío residió en Valparaíso, donde participó en varios certámenes literarios. De regreso en la capital, encontró trabajo en el diario El Heraldo, con el que colaboró entre febrero y abril de 1888. En el mes de julio, apareció en Valparaíso, gracias a la ayuda de Eduardo Poirier y Eduardo de la Barra, Azul…, el libro clave de la recién iniciada revolución literaria modernista. La obra que consagró definitivamente a Rubén Darío. La obra recopila poemas y textos en prosa que ya habían aparecido en la prensa chilena entre diciembre de 1886 y junio de 1888. El libro no tuvo un éxito inmediato, pero fue muy buen acogido por el influyente novelista y crítico literario español Juan Valera, quien publicó en el diario madrileño El Imparcial, en octubre de 1888, dos cartas dirigidas a Rubén Darío, en las cuales, aunque le reprochaba sus excesivas influencias francesas (su “galicismo mental”, según la expresión utilizada por Valera), reconocía en él a “un prosista y un poeta de talento”. Fueron estas cartas de Valera, luego divulgadas en la prensa chilena y de otros países, las que consagraron definitivamente la fama de Darío.

C) En Centroamérica

– El Salvador y Guatemala

La fama le permitió obtener el puesto de corresponsal de La Nación, de Buenos Aires, que era el periódico de mayor difusión de toda Hispanoamérica. Poco después de enviar su primera crónica emprendió el viaje de regreso a Nicaragua. Tras una breve escala en Lima, donde conoció al escritor Ricardo Palma, llegó al puerto de Corinto el 7 de marzo de 1889. En la ciudad de León fue agasajado con un recibimiento triunfal. No obstante, se detuvo poco tiempo en Nicaragua, y enseguida se trasladó a San Salvador, donde fue nombrado director del diario La Unión, defensor de la unión centroamericana. En San Salvador contrajo matrimonio civil con Rafaela Contreras, hija de un famoso orador hondureño, Álvaro Contreras, el 21 de junio de 1890. Al día siguiente de su boda, se produjo un golpe de estado contra el entonces presidente, el general Menéndez, cuyo principal artífice fue el general Ezeta (que había estado presente, en calidad de invitado, en la boda de Darío). Aunque el nuevo presidente quiso ofrecerle cargos de responsabilidad, Darío prefirió irse del país. A finales de junio se trasladó a Guatemala, en tanto que la recién casada permanecía en El Salvador. En Guatemala, el presidente Manuel Lisandro Barillas estaba iniciando los preparativos de una guerra contra El Salvador, y Darío publicó en el diario guatemalteco El Imparcial un artículo, titulado “Historia negra”, denunciando la traición de Ezeta.

En diciembre de 1890 le fue encomendada la dirección de un periódico de nueva creación, El Correo de la Tarde. Ese mismo año publicó en Guatemala la segunda edición de su exitoso libro de poemas Azul…, sustancialmente ampliado, y llevando como prólogo las dos cartas de Juan Valera que habían supuesto su consagración literaria. En enero del año siguiente, su esposa, Rafaela Contreras, se reunió con él en Guatemala, y el 11 de febrero contrajeron matrimonio religioso en la catedral de Guatemala. En junio, el diario que dirigía Darío, El Correo de la Tarde, dejó de percibir la subvención gubernamental, y tuvo que cerrar.

– Costa Rica

Rubén optó por probar suerte en Costa Rica, y se instaló en agosto de ese año en San José. Ahí, donde apenas era capaz de sacar adelante a su familia, agobiado por las deudas a pesar de algunos empleos eventuales, nació su primer hijo, Rubén Darío Contreras, el 12 de noviembre de 1891.

En 1982 deja a su familia en Costa Rica y va Guatemala, y luego a Nicaragua, en busca de mejor suerte. Inesperadamente, el gobierno nicaragúense lo nombra miembro de la delegación que envía a Madrid con motivo del cuarto centenario del descubrimiento de América, lo que para Rubén suponía ver realizado su sueño de viajar a Europa.

D) Viaje a España

En el viaje hacia España hizo escala en La Habana, donde conoció al poeta Julián del Casal, y a otros artistas, como Aniceto Valdivia y Raoul Cay. El 14 de agosto de 1892 desembarcó en Santander, desde donde siguió viaje por tren hacia Madrid. Entre las personalidades que frecuentó en la capital de España están los poetas Gaspar Núñez de Arce, José Zorrilla y Salvador Rueda, los novelistas Juan Valera y Emilia Pardo Bazán, el erudito Marcelino Menéndez Pelayo, y varios destacados políticos, como Emilio Castelar y Antonio Cánovas del Castillo. En noviembre regresó de nuevo a Nicaragua, donde recibió un telegrama procedente de San Salvador en que se le notificaba la enfermedad de su esposa, que falleció el 23 de enero de 1893.

E) En Nicaragua

A comienzos de 1893, Rubén permaneció en Managua, donde renovó su relación con Rosario Murillo y la familia de ella lo obliga a contraer matrimonio. En abril viajó a Panamá, donde recibió la noticia de que su amigo, el presidente colombiano Miguel Antonio Caro le había concedido el cargo de cónsul honorífico en Buenos Aires.

F) En Nueva York y París

Dejó a Rosario en Panamá, y emprendió el viaje hacia la capital argentina. Antes de llegar, pasó brevemente por Nueva York, ciudad en la que conoció al poeta cubano José Martí, con quien le unían no pocas afinidades; y realizó su sueño juvenil de viajar a París, donde fue introducido en los medios bohemios por el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo y el español Alejandro Sawa. En la capital francesa, conoció a Jean Moréas y tuvo un decepcionante encuentro con su admirado Paul Verlaine (posiblemente el poeta francés que más influyó en su obra). Finalmente, el 13 de agosto de 1893 llegó a Buenos Aires, ciudad que le causó una honda impresión.

G) En Argentina

En Buenos Aires, Rubén fue muy bien recibido por los medios intelectuales. Colaboró con varios periódicos: además de en La Nación, del que ya era corresponsal, publicó artículos en La Prensa, La Tribuna y El Tiempo. Su trabajo como cónsul de Colombia era meramente honorífico, ya que, como él mismo indica en su autobiografía, “no había casi colombianos en Buenos Aires y no existían transacciones ni cambios comerciales entre Colombia y la República Argentina.” En la capital argentina llevó una vida de desenfreno, siempre al borde de sus posibilidades económicas, y sus excesos con el alcohol fueron causa de que tuviera que recibir cuidados médicos en varias ocasiones. Ahí trató a: al político Bartolomé Mitre, al poeta mexicano Federico Gamboa, al boliviano Ricardo Jaimes Freyre y a los argentinos Rafael Obligado y Leopoldo Lugones.

El 3 de mayo de 1895 murió su madre, Rosa Sarmiento, a quien el poeta apenas había conocido, pero su muerte le afectó. En octubre del mismo año surgió un nuevo contratiempo, ya que el gobierno colombiano suprimió su consulado en Buenos Aires, por lo cual Rubén se quedó sin una importante fuente de ingresos. Para remediarlo, obtuvo un empleo como secretario de Carlos Carlés, director general de Correos y Telégrafos.

En 1896, en Buenos Aires, publicó dos libros cruciales en su obra: Los raros, una colección de artículos sobre los escritores que, por una razón u otra, más le interesaban; y, sobre todo, Prosas profanas y otros poemas, el libro que supuso la consagración definitiva del Modernismo literario en español. Como el propio Rubén explica en su autobiografía, con el tiempo los poemas de este libro alcanzarían una gran popularidad en todos los países de lengua española. Sin embargo, en sus comienzos no fue tan bien recibido como hubiera sido de esperar.

Las peticiones de Rubén al gobierno nicaragüense para que le concediese un cargo diplomático no fueron atendidas; sin embargo, el poeta vio una posibilidad de viajar a Europa cuando supo que La Nación necesitaba un corresponsal en España que informase de la situación en el país tras el desastre de 1898. Con motivo de la intervención militar de los Estados Unidos en Cuba, Rubén Darío acuñó, dos años antes que lo hiciera José Enrique Rodó, la oposición metafórica entre Ariel (personificación de Latinoamérica) y Calibán (el monstruo que representa metafóricamente los Estados Unidos). El 3 de diciembre de 1898, Darío se embarcaba de nuevo rumbo a Europa. El 22 de diciembre llegaba a Barcelona.

H) Entre España y Francia

Rubén llegó a España con el compromiso, que cumplió impecablemente, de enviar cuatro crónicas mensuales a La Nación acerca del estado en que se encontraba la nación española tras su derrota frente a Estados Unidos en la Guerra hispano-estadounidense, y la pérdida de sus posesiones coloniales de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam. Estas crónicas terminarían recopilándose en un libro, que apareció en 1901, titulado España Contemporánea. Crónicas y retratos literarios. En ellas, Rubén manifiesta su profunda simpatía por España, y su confianza en la recuperación de la nación, a pesar del estado de abatimiento en que la encontraba.

En España, Rubén despertó la admiración de un grupo de jóvenes poetas defensores del Modernismo (movimiento que no era en absoluto aceptado por los autores consagrados, especialmente los pertenecientes a la Real Academia Española). Entre estos jóvenes modernistas estaban algunos autores que luego brillarían con luz propia en la historia de la literatura española, como Juan Ramón Jiménez, Ramón María del Valle-Inclán y Jacinto Benavente, y otros que hoy están bastante más olvidados, como Francisco Villaespesa, Mariano Miguel de Val, director de la revista Ateneo, y Emilio Carrere. En 1899, Rubén Darío, que continuaba legalmente casado con Rosario Murillo, conoció, en la Casa de Campo de Madrid, a Francisca Sánchez del Pozo, campesina analfabeta, natural de Navalsauz, en la provincia de Ávila, que se convertiría en la compañera de sus últimos años.

En el mes de abril de 1900 Darío visitó por segunda vez París, con el encargo de La Nación de cubrir la Exposición Universal que ese año tuvo lugar en la capital francesa. Sus crónicas sobre este tema serían recogidas posteriormente en el libro Peregrinaciones. En los primeros años del siglo XX, Rubén fijó su lugar de residencia en París, y alcanzó una cierta estabilidad. En 1901 publicó en París la segunda edición de Prosas profanas. Ese mismo año Francisca dio a luz a, Carmen Darío Sánchez, y, tras el parto, viajó a París a reunirse con él, dejando la niña al cuidado de sus abuelos. La niña fallecería de viruela poco después, sin que su padre llegara a conocerla.

En 1902, Darío conoció en la capital francesa a un joven poeta español, Antonio Machado, declarado admirador de su obra. En marzo de 1903 fue nombrado cónsul de Nicaragua, lo cual le permitió vivir con mayor desahogo económico. Al mes siguiente nació su segundo hijo con Francisca, Rubén Darío Sánchez, apodado por su padre “Phocás el campesino”. Durante esos años, Darío viajó por Europa, visitando, entre otros países, el Reino Unido, Bélgica, Alemania e Italia.

En 1905 se desplazó a España como miembro de una comisión nombrada por el gobierno nicaragúense cuya finalidad era resolver una disputa territorial con Honduras. Ese año publicó en Madrid el tercero de los libros capitales de su obra poética: Cantos de vida y esperanza, los cisnes y otros poemas, editado por Juan Ramón Jiménez. También datan de 1905 algunos de sus más memorables poemas, como “Salutación del optimista” y “A Roosevelt”, en los cuales enaltece el carácter hispánico frente a la amenaza del imperialismo estadounidense. En 1905, el hijo habido con Francisca Sánchez, “Phocás el campesino”, falleció víctima de una bronconeumonía.

I) De paso por Río de Janeiro

En 1906 participó, como secretario de la delegación nicaragúense, en la Tercera Conferencia Panamericana que tuvo lugar en Río de Janeiro. Con este motivo escribió su poema “Salutación del águila”, que ofrece una visión de Estados Unidos muy diferente de la de sus poemas anteriores. Este poema fue muy criticado por algunos autores que no entendieron el súbito cambio de opinión de Rubén con respecto a la influencia de Estados Unidos en Latinoamérica. En Río de Janeiro protagonizó un oscuro romance con una aristócrata, tal vez la hija del embajador ruso en Brasil. Parece ser que por entonces concibió la idea de divorciarse de Rosario Murillo, de quien llevaba años separado.

J) De regreso a Francia

De regreso a Francia hizo una breve escala en Buenos Aires. En París se reunió con Francisca Sánchez, y juntos fueron a pasar el invierno de 1907 a Mallorca, isla en la que frecuentó la compañía del después poeta futurista Gabriel Alomar y del pintor Santiago Rusiñol. Inició una novela, La Isla de Oro, que no llegó a terminar, aunque algunos de sus capítulos aparecieron por entregas en La Nación. Por aquella época, Francisca dio a luz a una niña que falleció al nacer.

Se hace presente Rosario Murillo que se negaba a aceptar el divorcio a menos que se le garantizase una compensación económica que el poeta juzgó desproporcionada. En marzo de 1907, cuando iba a partir para París, Rubén, cuyo alcoholismo estaba ya muy avanzado, cayó gravemente enfermo. Cuando se recuperó, regresó a París, pero no pudo llegar a un acuerdo con su esposa, por lo que decidió regresar a Nicaragua para presentar su caso ante los tribunales. A fines de año nació el cuarto hijo del poeta y Francisca, Rubén Darío Sánchez, apodado por su padre “Gúicho“, y el único hijo superviviente de la pareja.

K) Embajador en Madrid

Tras dos breves escalas en Nueva York y en Panamá, el poeta llegó a Nicaragua, donde se le tributó un recibimiento triunfal, y se le colmó de honores, aunque no tuvo éxito en su demanda de divorcio. Además no se le pagaron los honorarios que se le debían por su cargo de cónsul, por lo que se vio imposibilitado de regresar a París. Después de meses de gestiones, consiguió otro nombramiento, esta vez como ministro residente en Madrid del gobierno nicaragúense de José Santos Zelaya. Tuvo problemas, sin embargo, para hacer frente a los gastos de su legación ante lo reducido de su presupuesto, y pasó dificultades económicas durante sus años como embajador, que sólo pudo solucionar en parte gracias al sueldo que recibía de La Nación y en parte gracias a la ayuda de su amigo y director de la revista Ateneo, Mariano Miguel de Val, que se ofreció como secretario gratuito de la legación de Nicaragua cuando la situación económica era insostenible y en cuya casa, en la calle Serrano 27 , instaló la sede. Cuando Zelaya fue derrocado, Rubén tuvo que renunciar a su puesto diplomático, lo que hizo el 25 de febrero de 1909.

Permaneció fiel a Zelaya, a quien había elogiado desmedidamente en su libro Viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical, y con el que colaboró en la redacción del libro de este Estados Unidos y la revolución de Nicaragua, en el que acusaba a Estados Unidos y al dictador guatemalteco, Manuel Estrada Cabrera, de haber tramado el derrocamiento de su gobierno. Durante el desempeño de su cargo diplomático, se enemistó con su antiguo amigo Alejandro Sawa, quien le había solicitado ayuda económica sin que sus peticiones fueran escuchadas por Rubén. La correspondencia entre ambos da a entender que Sawa fue el verdadero autor de algunos de los artículos que Rubén había publicado en La Nación.

Últimos años

A) De nuevo en París

Tras abandonar su puesto diplomático, Rubén Darío se trasladó de nuevo a París, donde se dedicó a preparar nuevos libros, como Canto a la Argentina, encargado por La Nación. Por entonces, su alcoholismo le causaba frecuentes problemas de salud, y crisis psicológicas, caracterizadas por momentos de exaltación mística y por una fijación obsesiva con la idea de la muerte.

B) Viaje a México

En 1910, viajó a México como miembro de una delegación nicaragúense para conmemorar el centenario de la independencia del país azteca. El gobierno nicaragúense cambió mientras se encontraba de viaje, y Porfirio Díaz se negó a recibir al escritor. Sin embargo, Darío fue recibido triunfalmente por el pueblo mexicano, que se manifestó a favor del poeta y en contra de su gobierno. En su autobiografía, Rubén relaciona estas protestas con la Revolución mexicana, entonces a punto de producirse: “Por la primera vez, después de treinta y tres años de dominio absoluto, se apedreó la casa del viejo Cesáreo que había imperado. Y allí se vio, se puede decir, el primer relámpago de la revolución que trajera el destronamiento”.

C) De nuevo en París

Después del su desencuentro con el gobierno mexicano, Rubén zarpó hacia La Habana, donde, bajo los efectos del alcohol, intentó suicidarse. En noviembre de 1910 regresó de nuevo a París, donde continuó siendo corresponsal del diario La Nación y desempeñó un trabajo para el Ministerio de Instrucción Pública mexicano que tal vez le había sido ofrecido a modo de compensación por la humillación sufrida.

D) De gira por América Latina

En 1912 aceptó la oferta de los empresarios uruguayos Rubén y Alfredo Guido para dirigir las revistas Mundial y Elegancias. Para promocionar estas publicaciones, partió en gira por América Latina, visitando, entre otras ciudades, Río de Janeiro, São Paulo, Montevideo y Buenos Aires. Fue también por esta época cuando el poeta redactó su autobiografía, que apareció publicada en la revista Caras y caretas con el título de La vida de Rubén Darío escrita por él mismo; y la obra Historia de mis libros, muy interesante para el conocimiento de su evolución literaria. Tras el final de esta gira, tras desligarse de su contrato con los hermanos Guido, regresó a París.

E) De nuevo en París y España

En 1913, viajó a Mallorca invitado por Joan Sureda, y se alojó en la cartuja de Valldemosa, en la que muchas décadas atrás habían residido Chopin y George Sand. En esta isla empezó Rubén la novela El oro de Mallorca, que es, en realidad, una autobiografía novelada. Se acentuó, sin embargo, el deterioro de su salud mental, debido a su alcoholismo. En diciembre regresó a Barcelona, donde se hospedó en casa del general Zelaya, que había sido su protector mientras fue presidente de Nicaragua. En enero de 1914 regresó a París, donde pleiteó largamente con los hermanos Guido, que aún le debían una importante suma de sus honorarios. En mayo se instaló en Barcelona, donde dio a la imprenta su última obra poética de importancia, Canto a la Argentina y otros poemas, que incluye el poema laudatorio del país austral que había escrito años atrás por encargo de La Nación. Su salud estaba ya muy deteriorada: sufría de alucinaciones, y estaba patológicamente obsesionado con la idea de la muerte.

F) En Estados Unidos

Al estallar la Primera Guerra Mundial, partió hacia América, con la idea de defender el pacifismo para las naciones americanas. Atrás quedó Francisca con sus dos hijos supervivientes, a quienes el abandono del poeta habría de arrojar poco después a la miseria. En enero de 1915 leyó, en la Universidad de Columbia, de Nueva York, su poema “Pax”.

G) De regreso en Nicaragua

Siguió viaje hacia Guatemala, donde fue protegido por su antiguo enemigo, el dictador Estrada Cabrera, y por fin, a finales de año, regresó a su Nicaragua natal. Llegó a León, la ciudad de su infancia, el 7 de enero de 1916 y falleció menos de un mes después, el 6 de febrero. Las honras fúnebres duraron varios días. Fue sepultado en la Catedral de León el 13 de febrero del mismo año, al pie de la estatua de San Pablo cerca del presbiterio debajo de un león de concreto, arena y cal hecho por el escultor granadino Jorge Navas Cordonero; dicho león se asemeja al León de Lucerna, Suiza, hecho por el escultor danés Bertel Thorvaldsen.

Epílogo:

El archivo de Rubén Darío fue donado por Francisca Sánchez, su última compañera, al gobierno de España en 1956 y ahora están la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid. Con Rubén tuvo Francisca tres hijos -dos murieron siendo muy niños, el otro en la madurez, está enterrado en México-. Muerto Rubén, Francisca se casó con José Villacastín, un hombre culto, que gastó toda su dinero en recoger la obra de Rubén que se encontraba dispersa por el mundo y que entregó para su publicación al editor Aguilar, de quien era buen amigo.

Rubén Darío y el Modernismo

Rubén Darío es citado como el iniciador y máximo representante del Modernismo hispánico. Si bien esto es cierto es una afirmación que debe matizarse. Otros autores como José Santos Chocano, José Martí, Salvador Díaz Mirón, o Manuel Gutiérrez Nájera, por citar algunos, habían comenzado a explorar esta nueva estética antes incluso de que Rubén escribiese la obra que se ha considerado el punto de partida del Modernismo, el libro Azul… (1888).

No puede negarse, con todo, que Darío es el poeta modernista más influyente, y el que mayor éxito alcanzó, tanto en vida como después de su muerte. Su influencia ha sido reconocida por numerosos poetas en España y en América, y su influencia nunca ha dejado de hacerse sentir en la poesía en lengua española. Él fue el principal artífice de muchos hallazgos estilísticos emblemáticos del movimiento, como, por ejemplo, la adaptación a la métrica española del alejandrino francés.

Además, fue el primer poeta que articuló las innovaciones del Modernismo en una poética coherente. Voluntariamente o no, sobre todo a partir de Prosas profanas, se convirtió en la cabeza visible del nuevo movimiento literario. Si bien en las “Palabras liminares” de Prosas profanas había escrito que no deseaba con su poesía “marcar el rumbo de los demás”, en el “Prefacio” de Cantos de vida y esperanza se refirió al “movimiento de libertad que me tocó iniciar en América”, lo que indica a las claras que se consideraba el iniciador del Modernismo.

Su influencia en sus contemporáneos fue inmensa: desde México, donde Manuel Gutiérrez Nájera fundó la Revista Azul, cuyo título era ya un homenaje a Darío, hasta España, donde fue el principal inspirador del grupo modernista del que saldrían autores tan relevantes como Antonio Machado, Ramón del Valle-Inclán y Juan Ramón Jiménez, pasando por Cuba, Chile, Perú y Argentina (por citar solo algunos países en los que la poesía modernista logró especial arraigo), apenas hay un solo poeta de lengua española en los años 1890-1910 capaz de sustraerse a su influjo. La evolución de su obra marca además las pautas del movimiento modernista: si en 1896 Prosas profanas significa el triunfo del esteticismo, Cantos de vida y esperanza (1905) anuncia ya el intimismo de la fase final del Modernismo, que algunos críticos han denominado postmodernismo.

Legado:

Rubén Darío llegó a ser un poeta extremadamente popular, cuyas obras se memorizaban en las escuelas de todos los países hispanohablantes y eran imitadas por cientos de jóvenes poetas. Esto, paradójicamente, resultó perjudicial para la recepción de su obra. Después de la Primera Guerra Mundial, con el nacimiento de las vanguardias literarias, los poetas volvieron la espalda a la estética modernista, que consideraban anticuada y excesivamente retórica.

Los poetas del siglo XX han mostrado hacia la obra de Darío actitudes divergentes. Entre sus principales detractores figura Luis Cernuda, que reprochaba al nicaragúense su afrancesamiento superficial, su trivialidad y su actitud “escapista”. En cambio, fue admirado por poetas tan distanciados de su estilo como Federico García Lorca y Pablo Neruda, si bien el primero se refirió a “su mal gusto encantador, y los ripios descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos”. El español Pedro Salinas le dedicó el ensayo La poesía de Rubén Darío, en 1948.

El poeta mexicano Octavio Paz, en varios textos dedicados a Darío y al Modernismo, subrayó el carácter fundacional y rupturista de la estética modernista, para él inscrita en la misma tradición de la modernidad que el Romanticismo y el Surrealismo. En España, la poesía de Rubén Darío fue reivindicada en los años 60 por el grupo de poetas conocidos como los “novísimos”, y muy especialmente por Pere Gimferrer, quien tituló uno de sus libros, en claro homenaje al nicaragüense, Los raros.

Rubén Darío ha sido escasamente traducido a otras lenguas, por lo que no es muy conocido fuera de los países hispanohablantes.

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