Simone Weil. Carta a un religioso

Simone Weil. Carta a un religioso

Mini Trotta

Madrid, 2011

Pp. 70


En 1942, Simone Weil (París, 1909 – Londres, 1943) escribe una carta al dominico Jean Couturier que contiene 35 grandes dudas o ideas. En ella dice al sacerdote: “Voy a enumerarle cierto número de pensamientos que habitan en mí desde hace años (o al menos algunos) […] Le pido una respuesta firme sobre la compatibilidad o incompatibilidad de cada una de estas opiniones con la pertenencia a la Iglesia”. El padre nunca respondió. En 1951, Albert Camus publicó el texto en la colección que dirigía en Gallimard.

Carlos Ortega, en el prólogo de la edición, dice que “de estirpe judía y de formación agnóstica, Simone Weil recorre por sí sola el camino hacia los lugares más originales de la espiritualidad cristiana, pero el suyo no es un camino teológico, es decir, científico, sino pasional, movido por un ansia de verdad. Ella siente lo religioso como un apetito, como un hambre. Y, llegado el momento de saciarlo, ve con disgusto los platos cocinados por la institución eclesiástica durante siglos de apostolado y apología: “La Iglesia ha sido un animal totalitario. Fue la iniciadora de la manipulación de toda la historia de la humanidad con fines apologéticos”.

El contenido de la carta, afirma Ortega, “es la expresión más metódica y razonada de todos los obstáculos que la apartan de la Iglesia” (…) casi todas las tesis que le impiden abrazar el catolicismo provienen de la conducta histórica de la institución, pero también de un rechazo de la confesión cristiana como la única verdadera. Al equipararla en validez con otras confesiones que tuvieron la intuición de la figura de un mediador, lo que hace es manifestar su rechazo a cualquier tipo de tutela espiritual de naturaleza temporal o local. Al contrario, parece afirmar implícitamente la existencia de una religión que pervive en el curso de los tiempos y a lo largo de tradiciones diversas….”

“La espiritualidad de Simone Weil, asegura Ortega, es de una pureza insobornable y, como si de una piedra de toque se tratara, deja en evidencia cualquier confesión por bien organizada que esté. Para ella, la fe pertenece al dominio de la mirada atenta, y no al de la afirmación, la opinión o la creencia. Por eso es capaz de escribir: “No creer en la inmortalidad del alma, sino contemplar la vida entera como algo distinto a preparar el instante de la muerte; no creer en Dios, sino amar siempre el universo como se ama una patria, aún desde la angustia del sufrimiento; ese es el camino de la fe por la vía del ateísmo. Esa fe es la misma fe que resplandece en las imágenes religiosas. Sin embargo, cuando se llega a ella por ese camino, las imágenes sobran”.

Una idea presente a lo largo de la carta es el compromiso, la empatía de Weil con quienes sufren o padecen el rechazo. En su visión el binomio fe y caridad son una misma cosa, pero siempre privilegia el segundo de los términos. Sostiene que “la caridad y la fe, aunque distintas, son inseparables. Las dos formas de la caridad lo son todavía más. Cualquiera que sea capaz de un movimiento de compasión pura hacia un desdichado (cosa por otra parte muy rara) posee, quizá implícitamente, pero siempre realmente, el amor a Dios y la fe. Cristo no salva a todos aquellos que le dicen: “Señor, Señor”. Salva a todos aquellos que con corazón puro dan un trozo de pan a un hambriento, sin pensar en él en absoluto. Cuando él les dé las gracias, ellos responderán: “¿Cuándo, Señor, te dimos de comer?”

George Bataille dice de Simone Weil, protagonista de su novela Le bleu du ciel, que “te inquietaba: hablaba lentamente con la serenidad de un espíritu ajeno a todo. La enfermedad, el cansancio, la desnudez o la muerte no contaban para ella. Ejercía fascinación, tanto por su lucidez como por su pensamiento alucinado”. La escritura de la carta revela a la persona en la búsqueda auténtica y apasionada de Dios, pero también a una gran conocedora de las religiones y las distintas tradiciones espirituales de Occidente y Oriente. Es un texto de una gran fuerza y diría que también dramatismo.

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