Carta Encíclica Laudato SI

Carta Encíclica Laudato SI

Sobre el cuidado de la casa común

Del santo padre Francisco

Roma, 2015

Pp. 187


Es un texto poderoso que se inscribe en una discusión central del mundo contemporáneo. Interpela e invita a la reflexión, pero sobre todo a cambiar, para hacer de éste un mundo mejor. El texto ofrece una relectura de la totalidad y no sólo de la relación con la naturaleza. Se dirige a todo el mundo, no solo a los creyentes. Pretende dialogar con todos los hombres y mujeres de buena voluntad a partir de un tema crucial: el desarrollo sostenible e integral, que implica las distintas problemáticas medioambientales.

Hay una propuesta nueva de hacer teología, que hace una lectura de la realidad a partir de la fe. Y también desde la misma establece un diálogo entre la ciencia y la cultura. El supuesto básico es que Dios se manifiesta y nos habla desde la creación. En el texto hay alguna referencia al jesuita Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) que me hizo presente su visión místico-teológica desde dos perspectivas: la creación toda, no solo los seres humanos, forma parte del plan de Dios y el ascenso en espiral, no lineal, del universo todo que camina a la perfección. La creación toda asciende al Padre.

Me impresiona que la Iglesia, a través del Papa, se inscriba, con una posición de vanguardia, en la discusión de un tema fundamental a nivel mundial. No es algo frecuente e incluso es excepcional. El lenguaje se aleja de la terminología religiosa y asume el científico. Las fuentes que se utilizan no son sólo documentos de la iglesia -encíclicas papales y textos de distintas conferencias episcopales- sino se hace referencia a documentos de organismos multinacionales y acuerdos entre los países.

La Encíclica denuncia el daño que estamos infligiendo al plantea. Y señala que éste parece estar llegando a su límite, producto de un estilo de vida y el abuso en el uso de los recursos de la naturaleza. Enumera y describe con precisión las distintas problemáticas medioambientales a las que se enfrenta el mundo. Constituyen retos que no se pueden evadir. Propone que la solución corresponde a los gobiernos, las iglesias, los organismos multilaterales, las escuelas y las organizaciones de la sociedad civil. El texto reconoce la necesidad del progreso científico y técnico. En la protección del medio ambiente y el impulso al desarrollo no es posible “volver a la época de las cavernas”. Eso es cierto, pero también que el uso de la naturaleza y las políticas de desarrollo deben estar sujetas a la ética.

La carta del Papa Francisco, que está bien redactada, en lo personal me invita a que en mi visión del mundo adquiera más fuerza la complejidad del problema socio-ambiental. Los más pobres son los que sufren las mayores consecuencias. La necesidad de replantearse, en serio, el modelo de desarrollo y junto con él la ocupación del espacio. Hay zonas inviables, que deben ser abandonadas; Tomar mayor conciencia de que la solución de las problemáticas medioambientales deben ser compartidas en un mundo globalizado y cada vez más interdependiente; a un estilo de vida más sencillo, que implica poner mayor énfasis en ciertos valores, que no son siempre los que están presentes. La idea de la felicidad. Trabajar en el ser y no el tener. Sentido del trabajo.

Me impulsa también a considerar que la acción del ser humano en la tierra tiene limites. No somos dioses. Hay que reubicar el papel del ser humano en la creación. Es necesario incorporar a la vida diaria la idea del respeto-cuidado a la tierra. Viene al caso la idea de san Ireneo, padre de la Iglesia, de que los seres humanos somos administradores y no dueños de la creación. Y por lo mismo debemos dar cuentas de ella. Hay que poner límite al antropocentrismo exacerbado.

Pienso que la idea de los pecados contra la naturaleza es atractiva y debe ser incorporada a nuestra vida. La misma amplía la conciencia de nuestra responsabilidad en y con el mundo. El texto plantea la necesidad de la comunión con la creación toda que necesariamente implica a: Dios, los otros, la tierra y sus criaturas. Abre espacio a una nueva dimensión de la espiritualidad. Somos parte de un todo y como tal responsables del mismo. No hay ecología sin una adecuada antropología.

Del texto se deriva que como ciudadanos del mundo, como cristianos, debemos incorporar a nuestra vida diaria el interés por el tema del medio ambiente. No es un acto culterano. Es nuestra obligación estar enterados de la problemática y darle seguimiento. Desde la fe, hay que definirse y tomar posición. Exige actuar en consecuencia. Esto supone, entre otras cosas, privilegiar una vida sencilla, evitar el uso innecesario de la energía, hacer uso racional del agua y apoyar a los pequeños productores. La creación es también un tema de oración-contemplación que invita a apreciar y gozar más de la naturaleza.

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