Canción de tumba

Canción de tumba

Julián Herbert

DEBOLS!LLO

México, 2014

Pp. 206


En 2011, el libro ganó el Premio Jaén de Novela y en 2012, el Premio de Novela Elena Poniatowska. El narrador del texto en un homónimo, que en mucho se parece, al autor Julián Herbert (Acapulco, 1971). Guadalupe Chávez, también Marisela Acosta, la madre, es una prostituta que agoniza en un hospital de Saltillo enferma de leucemia. Sin duda que hay elementos de la biografía del novelista, pero también espacios de ficción. No es una historia de familia o de su madre. Es literatura.

Los críticos literarios llaman al género que adopta el autor como de autoficción. La novela, dicen, se inscribe en esa tradición literaria que ha adquirido mayor presencia en los últimos años en América Latina y España, pero que está presente en otras literaturas. En ella la verdad autobiográfica y la ficción se funden en una ambigüedad permanente e irresoluble. Nunca queda claro qué es autobiografía y qué ficción. Para el caso resulta irrelevante saber donde empieza una y termina la otra. Se trata de una obra de literatura, que se reconoce y aprecia en razón de ese propósito.

La madre de Julián está internada en el Hospital Universitario de Saltillo. Él hace guardias y aprovecha esos tiempos para empezar a escribir la historia. Ella es una prostituta que por razones de trabajo lleva a su familia de una ciudad a otra. Julián recuerda con precisión los interminables viajes en tren y la vida en los cuartuchos que su madre renta. Están los cinco maridos que ésta ha tenido y sus hermanos, de padres diferentes. Su madre los abandona con amigas o conocidos y siempre viven en condiciones de pobreza. En el relato se presentan momentos de la vida de Julián, el narrador, que son viajes a Berlín, con Mónica su esposa, y a La Habana.

A Julián, la historia familiar -la del hijo con la madre- le permite presentar, en ese ir y venir por distintas regiones del país, un diagnóstico de la realidad de México. Se hacen presentes las desigualdades, la presencia del narcotráfico, de la violencia, la debilidad de las instituciones, la inexistencia del Estado de derecho y la corrupción de las autoridades. La realidad de México es compleja y contradictoria. En ella las mujeres y los hombres que presenta Julián viven el miedo, la enfermedad, la violencia, la desesperación, el odio, la falta de esperanza y la muerte, pero también el amor, la solidaridad, el placer, la alegría, la familia y los amigos. El mundo no es blanco o negro sino está lleno de infinitos tonos de gris.

Esa visión crítica-amorosa de México no es la de un analista económico o político. Nada más lejos que eso. Es la nación, el país que -ahora sí Julián Herbert, el escritor de la novela- crea. Es una geografía, unas gentes, unas realidades, una cultura, unas costumbres, un lenguaje, que él inventa. Es un mundo que construye como una totalidad, que sólo está presente en sus obras. En la medida que leía, veía el mundo tan propio creado por Daniel Sada en sus novelas y cuentos también en tierras norteñas.

Diversos críticos coinciden en que “Herbert no opta por recrear la ilusión autobiográfica de la individualidad del sujeto y el carácter inequívoco de su memoria, sino por sabotear esa ilusión”. ¿Cuál es la garantía de confiabilidad de que se dicen la verdad? ¿Es creíble la memoria? Para ellos el problema de abordar la autobiografía es irresoluble. Herbert opta, entonces, por la autoficción que Manuel Alberca, estudioso de la misma, afirma que: “el resultado es fragmentario, no da una versión, ni única ni totalizante de los hechos, sino que recoge una serie de pecios, que en muchos casos abren otras interrogaciones y provocan más dudas. Siguiendo los pasos del narrador, el lector debe dar con su respuesta. No hay verdad absoluta ni objetiva de lo ocurrido. Hay el compromiso de ir de cara a los hechos, de no encogerse en la ficción ni claudicar ante las dificultades de la búsqueda”. Julián, el personaje, dice que “lo importante no es que los hechos sean verdaderos: lo importante es que la enfermedad o la locura lo sean”.

Junto con el problema anterior está, es parte de él, la pregunta permanente, se repite a lo largo de la novela, de cómo Julián, el narrador, debe contar su historia y la de su madre. Es la misma pregunta de cómo se escribe una novela y cómo se hace literatura. No es una pregunta retórica. Es una pregunta que siempre está ahí y que las respuestas nunca terminan de agotarla. Uno de los críticos plantea que “el carácter del relato exige romper las reglas de la retórica para expulsar el mal, o la verdad, que se debate en el interior”.

Todos los críticos dicen, como lector coincido, que la prosa de Herbert es de gran belleza y de extraordinaria musicalidad. Él dota “a esa prosa de los rasgos idiomáticos locales (…) y también un cierto humor retorcido e inquietante que permea toda esta historia de dolor y reconciliación: solo un autor tan dotado y tan seguro de sus recursos como Julián Herbert” lo puede hacer. La escritura del novelista es original y desde luego muy propia. El estilo, la forma, adquiere una especial importancia y se vuelve un personaje central de la novela. Sin él la historia sería otra, y también otros sus personajes.

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