Cartas a Édouard Le Roy (1921-1946). La maduración del pensamiento.

Pierre Teilhard de Chardin. Cartas a Édouard Le Roy (1921-1946). La maduración del pensamiento.

Mini Trotta

Madrid, 2011

Pp. 142


Francois Euvé, en la introducción, ofrece una biografía sintética de Teilhard de Chardin (1881-1955) y del filósofo francés Édouard Le Roy (1870-1954). Está más detallada por ser un pensador menos conocido. El ensayo introductorio sitúa muy bien el contenido de la correspondencia y los temas de la discusión entre estos dos grandes pensadores franceses.

Euvé subraya dos aspectos que les fueron comunes: la influencia intelectual mutua, que todavía está por estudiarse, y la posición de la jerarquía eclesiástica ante sus obras. Algunas de las que escribió Le Roy fueron incluidas en el Índice de libros prohibidos y al jesuita se le impidió publicar sus obras de reflexión teológica. En vida sólo pudo publicar sus trabajos científicos relacionados con la geología y la paleontología no humana. La mayoría de ellos dan cuenta de sus investigaciones en China.

El texto contiene veinte cartas de Theilard, que abarcan desde 1921 a 1946. Las más importantes son las escritas entre 1925 y 1934. Cada una tiene un pequeño texto que sitúan el contexto en que fueron redactadas. Además se incluyen abundantes notas, de los traductores, para identificar a los personajes que se citan o aclarar ciertos conceptos, para hacer más comprensible la lectura.

La amistad de los dos fue profunda y ante los continuos viajes del jesuita buena parte de ésta se mantuvo por una correspondencia que se sostuvo en el tiempo. Los dos se asumen como cristianos y proponen, desde el campo científico en el que trabajan, la relación, para ellos obvia, entre fe y ciencia. Le Roy es el filósofo y Teilhard el geólogo y paleontólogo, que construye una reflexión teológica original que le es muy propia.

Euvé plantea que “la amistad se acompañaba de un compartir intelectual orientado hacia el eje de una búsqueda común: ¿Cuál es el trasfondo del “hecho evolutivo”, lo específico del hombre? Es difícil -y quizás en último término inútil- querer atribuir cualquier elemento, apropiadamente, a uno u otro, en la medida que lo esencial es aquello que ha sucedido en el intercambio mutuo, en un diálogo constante, mantenido durante bastantes años. A medida que suceden las conversaciones, se va elaborando progresivamente un pensamiento común”.

En las cartas, dice Euvé, “Teilhard se da a conocer totalmente: las etapas de su progreso intelectual, el contenido de sus trabajos tan fecundos de geología y paleontología, su vida interior cuyos conflictos no ahogan la sensibilidad por los paisajes, el gusto y el placer de los encuentros, el afecto por sus compañeros de trabajo, ya fuesen chinos, americanos o suecos. Desenvoltura y elegancia toman forma en un francés agradable, claro, siempre bien construido”.

Y añade “una pasión constante sostiene estas líneas: la pasión por la acción, por la investigación (científica, intelectual, espiritual), por “Cristo, siempre mayor”, buscado y encontrado tanto en la angustia de sus combates interiores como en los paisajes, las rocas, los fósiles, las ideas y los afectos. Teilhard nos entrega en estas cartas el encanto exquisito de una amistad de gran calidad, cargada de un vasto contenido. Un alma magnánima propia de un gran hombre”.

A los 19 años conocí la existencia de Teilhard y su obra a partir de unas clases en el noviciado de los jesuitas mexicanos. Desde ese tiempo mantengo un gran respeto y admiración por el paleontólogo, por el jesuita, pero sobre todo por el teólogo-místico. Sus reflexiones en torno a la evolución, a la materia, a la divinización de toda la creación siempre me han inspirado. Su idea de que la humanidad entera, siempre en camino de perfección, aunque no lineal, asciende del alfa al omega me ha conmovido.

En estas cartas me impresionó, de manera particular, el drama interno que vive ante la incomprensión sus ideas de la Iglesia jerárquica, pero también de parte de sus compañeros jesuitas. El pensamiento de Teilhard, que se puede calificar de inédito, al mismo tiempo de progresista e innovador, asusta a la conservadora burocracia eclesial, que le impide publicar sus reflexiones espirituales y teológicas. Él acepta la decisión y no duda, pese a todo, de permanecer en la Iglesia y la Compañía de Jesús. Sabe, ve a largo plazo, que algún día su pensamiento tendrá acogida. La historia le dio la razón.

Versión originalLettres à Édouard Le Roy (1921-1946). Maduration d’une pensé, Éditiones Facultés Jesuites de Paris, 2008. Traducción del francés al español de María José Medina de la Fuente y Manuel Medina Casado. Primera versión es español 2011.

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