Adiós a los padres

Adiós a los padres
Héctor Aguilar Camín
Literatura Random House
México, 2014
Pp. 341


¿Es una novela histórica o una historia de familia? El texto lo leí desde la segunda posibilidad. Héctor rescata la historia de sus abuelos y de sus padres en la Chetumal de los años treinta y cuarenta. Él narra, pero desaparece como personaje y para eso, dice, “lo primero que borré del horizonte fue el sentimentalismo, y eso me llevó a un ejercicio estilístico que consistió en limpiar y limpiar hasta obtener la prosa escueta, impersonal, contendía”.

La reconstrucción de la vida de sus abuelos y padres es abierta y el autor se expone, pero a pregunta de una periodista sobre si se necesita valor para poner a la luz una historia tan íntima, le responde que “no pienso así, sino como una manera de mantener vivos a mis papás. He aprendido que es más convincente la verdad, con sus zonas de sombras, que la hagiografía”.

El texto inicia con la descripción de una foto de 1944 de la que dice “he visto una foto de mi padre joven, la mejor de sus fotos. Tiene veintiséis años, viste un traje de lino claro que al aire infla. Está de pié en una playa de guijarros y arena revuelta, junto a una muchacha de talle alto y piernas largas. Dentro de unos años, esta muchacha será mi madre”.

La obra es un ejercicio de recordación, de hacer memoria, de la vida de sus abuelos y padres, de la familia, pero también un exorcismo de todos los momentos duros, difíciles, para al fin, de una vez y para siempre, reconciliarse con sus abuelos y padres, con su historia. En el texto no hay reclamos y sí mucha solidaridad y amor. La solidaridad y el amor que se dan en la vida cotidiana, en la de todos los días, que no tiene momentos espectaculares y requiere siempre de la consistencia permanente.

Héctor dice que “este libro es una reconciliación con la vida, la familia y los ciclos que las grandes familias mexicanas viven y han vivido. Me refiero a mi familia como una manera de ver lo que ellos vivieron y cómo esto afecta a las generaciones siguientes, hablando de una manera en la que los personajes, mis padres, sean tomados como seres con los que puedes identificar a más personas”.

La historia comienza con la vida de los abuelos maternos en España y Cuba y la de los abuelos paternos en Chetumal. En 1944, se casan Héctor Aguilar y Emma Camín, los padres de Héctor Aguilar Camín quien define que ésta “es una novela de la vida real, hablo de los padres, de sus errores, historias y malos momentos, que me permite hablar de una situación de reconciliación con un suceso que nacen de estos seres reales que comprometen los sentimientos de ser padre y ser hijo”.

En 1959, cuando Héctor tiene 13 años, desparece su padre y su madre y la hermana de ésta, Luisa, se hacen cargo de la familia. Lejos de Chetumal, solas y por su cuenta, en la ciudad de México, Emma y Luisa se dedican a coser e instalan una casa de huéspedes en la colonia Condesa. En ese espacio las hermanas se enfrentan a la lucha cotidiana por sacar adelante a la familia, a ellas y a los hijos de Emma.

Es, como dice Héctor, una “epopeya mínima, terca, orgullosa y humilde a la vez”, pero una epopeya que otras muchas familias, como las de ellos, tenían, tienen que dar todos los días, para salir adelante. Una epopeya, como afirma Héctor, donde “si las madres no se encargaran de sus hijos, México no saldría adelante; yo crecí con esa idea donde mi madre y mi tía fueron esos impulsos en mi vida”.

En 1995, 36 años después, cuando Héctor tiene 49 años, el padre de imprevisto reaparece en escena. Vive en condiciones lamentables por la zona del Monumento de la Revolución. El hijo, sin ningún reclamo, a partir de ese momento se hace cargo de él. Lo que el padre no hizo, el hijo sí lo hace. Héctor indaga en la vida de su padre. ¿Qué pasó en esos 36 años? La aparición del padre no implica un reencuentro con Emma, pero sí con los hijos que a partir de ese momento lo van a frecuentar.

En 2005 muere Emma y cinco años después, en 2010 Héctor. En 2014, cuando aparece esta historia han pasado nueve años de la muerte de la madre y cuatro de la del padre de Héctor. Entiendo, así leo el libro, que la decisión de escribir esta historia de familia, es reconciliarse a fondo, con sus abuelos, con sus padres, al fin de cuentas con su propia historia.

Héctor, con una escritura donde hay una clara intensión de evitar que afloren los sentimientos, para dejar que hablen los hechos, con auténtica generosidad expresa su admiración por su madre y su tía Luisa. Son ellas las que sacaron adelante la familia, a él. La visión que tiene del padre es de compasión. No hay reclamos y tampoco lástima. Se esfuerza en comprender, sin acabar de entender, la historia de su padre, que termina por aceptar.

Es muy difícil abordar una real historia familiar, que vaya más allá de la hagiografía -la familia santa y perfecta- o los lugares comunes. ¿Qué decir? ¿Qué no decir? ¿Alguien de la familia se va a ofender? Pienso que Héctor con elegancia, con una austeridad buscada, pero también con verdad, cuenta la historia de sus abuelos, de sus padres, de su familia, que es la suya. El libro provoca que el lector piense en su propia historia familiar.

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