Oscar A. Romero

Oscar A. Romero
Biografía
Jesús Delgado
UCA editores
San Salvador, 2013 (primera edición 1990, 10a reimpresión)
Pp. 205


El autor, sacerdote de la arquidiócesis de San Salvador, se propone reconstruir la trayectoria espiritual e intelectual que vivió monseñor Oscar Arnulfo Romero (1917-1980). El proceso que registra es impresionante. De un sacerdote y obispo muy conservador que, entre otras cosas, propone como uno de sus máximos valores la fidelidad absoluta al Papa y centra su ministerio en el culto, pasa a ser un obispo comprometido que se distancia del poder establecido y se compromete con la lucha por la justicia que libran sus fieles.

El asesinato el 12 de marzo de 1977 del jesuita salvadoreño Rutilio Grande, su amigo de tiempo atrás, marca el punto de inflexión en el pensamiento de Romero. Hay un antes y un después en la manera de entender la realidad, el poder, la Iglesia, el Evangelio y su tarea como obispo. La acción primera que señala este cambio es su decisión, en contra de obispos y el nuncio, de suspender las misas en la capital al domingo siguiente del asesinato del padre Grande y de negarse a estar presente en actos públicos organizados por el gobierno hasta que no se aclaren los hechos y se castigue a los responsables.

Romero en ese momento, lo quiera o no, deja de ser el obispo sumiso a Roma y el amigo del presidente de la República. El autor da cuenta del cambio que éste vive en su interior, en su relación con Dios, y también la manera que se abre a escuchar otras voces y ángulos de mirada sobre la realidad, las organizaciones populares y los crímenes de Estado perpetrados por el gobierno.

Se inicia, entonces, el proceso que lo lleva a la muerte el 24 de marzo de 1980. Serán tres años intensos y llenos de tensión, incertidumbre y conflictos con los círculos del poder civil y eclesial. Es el tiempo que los movimientos populares y la guerrilla avanzan y consolidan sus posiciones, en el marco de una estrategia general, y el gobierno radicaliza la represión. A él ya no le toca ver el inicio de la ofensiva guerrillera del 10 de enero de 1981.

El cambio de Romero lo convierte en un defensor del pueblo y en razón de lo mismo en un crítico del gobierno. El obispo actúa en el marco de lo que piensa le pide Dios. No está a favor de opción violenta de ninguna de las partes. Busca, en todo momento, la posibilidad de una salida pacífica y negociada del conflicto. Esto le trae la crítica e incomprensión del gobierno, pero también del movimiento popular.

En la medida que crece la represión gubernamental y con ella el número de las víctimas, el obispo eleva el tono de su protesta contra la acción del gobierno. Él es consciente de que su palabra, pronunciada cada domingo en la misa que celebra en la catedral, lo puede llevar a la muerte. No se detienen. Permanece fiel a lo que piensa es, en conciencia, su obligación que es denunciar la matanza, el genocidio, que ocurre en su país y defender a las víctimas, la gran mayoría campesinos pobres.

La vida de Romero termina cuando un asesino, a sueldo de la extrema derecha, le dispara desde la puerta de la capilla donde celebra la misa. El obispo en más de una ocasión comentó, con los suyos, la posibilidad del martirio que asumía de manera voluntaria. Estaba convencido, también lo dijo en diversas ocasiones, “yo no creo en la muerte sin resurrección. Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”. La figura de monseñor Romero sigue muy presente en El Salvador y con los años su figura se acrecienta.

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